De carros atiborrados y de saber qué es bueno para tí

¡Cómo quisiera tener las alas de una paloma y volar hasta encontrar reposo!  Me iría muy lejos de aquí; me quedaría a vivir en el desierto. Presuroso volaría a mi refugio, para librarme del viento borrascoso y de la tempestad. – Psalm 55:6-8 El lunes, el 8 de junio de 2015, yo atiborré mi carrito Sofía y empecé mi viaje. Estaba volviendo a Knoxville, mi ciudad de residencia, después de lo que ha empezado a sentir como un exilio de siete años. Hay tantas cosas de Texas (mayormente la gente profundamente amada… y canchas de maíz… y el Café 1418) que voy a extrañar; pero todo en mi interior clama a gritos que éste es mi Hogar, y que el tiempo ha llegado de estar aquí. Es probablamente una confirmación que he estado en Knoxville para alrededor de tres días, y todos los problemas de salud que he tenido para más de un año han desaparecido. Subí de peso unas 15 libras desde el enero, y ésta es una cosa buena. Para un rato, los números en la escala y el tamaño de mi ropa eran una obsesión. Entonces el año de mal-aventura trajo tanto estrés que perder peso resultó en ser simplemente una consecuencia natural. Sintió maravillosa alcanzar una meta que yo previamente había considerado imposible… y después sobrepasarla. Sin embargo, ése es cuando los problemas de salud empezaron. Sentía débil constantemente y no podía correr en mi manera normal. Las síntomas extrañas del Fenómeno Raynaud me asustaron: dedos extremamente blancos cuando tenía frío o estaba estresada. Ésta es una de las razones más importantes que supe que el suelo de Tennessee sería...